Femenino presiente el retiro. Incapacidad de acción. Plano de extravíos. Observa a Masculinidad empacar. Finge tristeza pero el hilillo de saliva evidencia la boca sin impresión. Se pinta los labios y le escribe con lápiz 2H —antes de salir del Dúplex— un Post-it que pega en el refrigerador, al lado de los imanes de abecedario: “Tú nunca sientes.”
Masculinidad conjuga en pasado mientras guarda sus
objetos personales y hace una nota mental:
“No hay que olvidar el ras—
trillo. Ni el peine desgastado.
Tampoco los lentes de pasta
quesólo uso para verme “intelectual”.
Ella piensa que memorice la plétora
de palabras
que comienzan con “íes”
en Tesauro como: intenso,
impenetrable, interesante, impropio,
inteligente, i _ _ _ _ _ z.
Uh… Antes de estar, de ser “Nosotros…
Mi único propósito era aprendercómo
se representa al número uno
en numeración romana: I”
Alguien ha hecho los tejados como la única salvación de la lluvia y, desde entonces, te sientes protegida; alguien ha nombrado a las nubes según un zoológico y, desde entonces, conejos invaden las tardes; alguien ha dicho que el frío te calaba los ojos y, desde entonces, así se hizo. Y, sobre el silencio, alguien te ha dicho que debías poner todo lo que es tu corazón (y no solamente el músculo) debajo de la lengua porque solamente así sabrás saber cuánta cantidad de aire y cariño cuesta un suspiro, lo que es la disposición de esas manos que te toman el pulgar mientras duermes, lo que son ese par de palabras que atesoras como si tú fueras un marinero y ella, la sirena. Alguien llamó a los sueños y los clasificó mientras duermes, tú no sabrás nada de eso porque ella te ha atravesado los párpados y solamente así puedes dormir. Alguien te habló de la inmensidad, en voz baja y apenas alcanzaste a escuchar, y pensaste que era un secreto que jamás se te revelaría hasta que contaste, cuidadosamente, sus venerados gestos y supiste que la cantidad tenía que ver con era el número que aquellos rizos azabache que han envuelto, como listones, un regalo de cada día, el único rostro de carne y hueso que no se desvanece y tiene un nombre. Alguien te ha dicho que se te hincharía el pecho y que sentirías que los pulmones eran litros de agua viva, lo nombraron felicidad y tú lo memorizaste con el único beso que recibes de ella, que selló un pacto hecho de labios delgados y dientes separados para que dure siempre.
“Ni romperás esta tormenta con el más digno corazón”, le dice Femenino a Masculinidad para que se embarque hacia la isla más cercana de todas las que conoció en el Atlas Mundial (pp.1-2) que observaba encandilado cuando medía apenas medio metro: el dolor.
Y, así, transcurrían los días, como si cayeran en la manga remendada de su saco (el olvido es un módico parche que solamente necesita el calor de una mano para echarlo a andar). Los vientres de los muertos no estaban hinchados como el resto del cuerpo de Femenino, pensó Masculinidad invariablemente. He esperado la torcedura de un miembro, el salto al vacío de algún nervio o su descomprensión.
Femenino, si supiera leer el pensamiento, le diría: “A veces, he querido reconocer que las rodillas son, probablemente, una intención de correr pero no me muevo hacia ninguna parte. Apenas puedo caminar y la ciática es un ciempiés que busca una piedra para esconderse y asustarte en el momento oportuno: cuando te estás lavando los dientes y descubres que la persona que está ante el espejo es una palabra que no encaja en nuestro juego pendiente de Scrabble”.
El cuerpo que me dieron, no es el único. Día con día, se vuelve en tu contra y se pasa al bando enemigo. No había caído en la cuenta del espectáculo que puede ser una corporeidad mínima. Para mí, la danza era innecesaria. Pero, en realidad, es un número coordinado de huesos que son capaces de manipular la respiración del otro y afilar su nariz hasta que se caiga de lasitud.
(Masculinidad es ludópata y siempre le apuesta al lóbulo de Femenino).
La dolencia es un sinfín de cajas de cartón, apiladas, vacías, sin uso alguno y, que, sin embargo no serán movidas por el intendente porque ahí, justo ahí, se encuentran perfectamente dispuestas y, sobre todo, disponibles para la posible emergencia.
“Una discusión no es una emergencia, sino una masturbación sobre las razones más obvias como si regresaras y regresaras a mi lóbulo”.
“¿Qué razones?”
“La parte inferior de mi muslo que anida sombras”.
“He querido tener un sano juicio, ¿sabes?”
Tal vez quisiera un febrero diferente al del calendario, un febrero más primavera. Más conveniente. Más lleno de momentos azarosos y no esta pesadez sin nieve que ha terminado por tumbarme.
-No sé si la sal del mar es capaz de conmover mis extremidades hasta destensarlas.
-No sé si los supuestos acuáticos volverán a ser la sirena que me llama en la madrugada.
-No sé si encontraré el Tesauro en el entrepaño del baño. (¿Alguna vez los doseles tuvieron nombre?, ¿alguna vez fueron motivo de risa?).
Un anillo de trapo para las manos que anidarán mi corazón, como un pájaro de ojos anaranjados y alas anchísimas de celofán para discutir con el viento. Un índice apacible recibe el anillo de trapo y rememora la infancia, en particular a las manos de mi madre que alguna vez me acunaron e hicieron que mi corazón no se supiera manejar con destreza. Que mi corazón no supiera enfrentar los embates del viento que sale de tu boca.Que mi corazón esperara la lombriz en la garganta para llorar. Las lágrimas y el viento que me llevan hacia alguna parte.
Oh, tus manos son un mapa: ríos y montañas y una línea larga que delata que tu vida alcanzará para mí. Oh, tus manos trazan la dirección del viento. Oh, tus manos como signo de la plenitud. Oh, tus manos y el pájaro cantando en tu ventana. Oh, tus manos y un signo de infantilidad a tus pies.
Busco tus piernas. Ramas. Desconozco el destino. Todavía no sé, si el anillo de trapo es el precedente a las suficientes ramas para colgar mis párpados. Me abrazo a tus piernas. Espero. El corazón acompasado, tiene hambre. Tu índice es la base del nido. Todavía no sé, si el pecho se abrirá como las alas. Todavía no sé si la transparencia es sensata.
Tus manos que anidarán mi corazón, tus manos que tejen cientos de esperanzas.
Tus manos en el pecho, tus manos y unas alás fáciles de cortar (celofán).
Tus manos y el corazón recolectando hojas del otoño pasado, tus manos y las ramas que no encuentro. Los párpados tan abiertos ante el embate del viento.
Las manos, un mapa, ¿hacia dónde? Las manos, un trapo para dormir, ¿cuándo? Las manos y unos ojos cítricos, ¿por qué? Las manos y las esperanzas siempre, siempre, tan siempre hasta la aurora boreal.
“No romperás esta tormenta”, le dijeron y amarraron su amoratado pie a una barca que, con un pesado soplo de las nubes, no se deslizaba hacia el mar abierto. “Harán falta más nubes que las que cubren el cielo y no sé de dónde las sacaré”. No tengo mangas para sacar cirros por debajo. “Esto no es un manto que recubra tus cavidades óseas”. La barca no se movió y la columna empezó a respirar acompasadamente. Haría falta un respiradero para el corazón, cortándole las alas y esperando a que los latidos dieran el primer paso y saltaran para hundirse.
“Ni romperás esta tormenta con el más digno corazón”, me dijeron y me embarqué rumbo a la isla más cercana que todos conocemos: el dolor. Y, así, transcurrieron los días hasta que los vientres de los muertos no estuvieron hinchados como el resto de mi cuerpo. No sé si la sal del mar es capaz de conmover mis extremidades hasta destensarlas y hacerlas llorar. No sé si los supuestos acuáticos volverán a ser realidad. (Espero la descomprensión de los nervios).