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Ser persona según Alfonso López Corral

August 22nd, 2007 -- Posted in | 3 Comments »
  1. Persōna

En los cuentos de Alfonso López Corral (Navojoa, Sonora, 1979), encuentro la etimología de esta palabra en toda su expresión: máscara: persona. No piensen mal, los relatos (no cuentan una historia, son misma la historia de cada día) de López Corral sean el lugar propicio para esconderse, al contrario, todos, incluso él, se han quitado las máscaras en el baile. Antes de iniciar la reflexión sobre la escritura del sonorense, hago (o no hago) algunas brevísimas anotaciones.

Dos recuerdos, o dos recuerdos de lecturas, que me remiten a López Corral sin ser su influencia directa necesariamente. Allan Poe y el cuento “La máscara de la Muerte Roja”: Su figura, alta y flaca, estaba envuelta de la cabeza a los pies en una mortaja. La máscara que ocultaba el rostro se parecía de tal manera al semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más detallado se habría visto en dificultades para descubrir el engaño. Cierto, aquella frenética concurrencia podía tolerar, si no aprobar, semejante disfraz. Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente, así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata. Segundo, la escuela del No y “Bartleby, el escribiente”: I would prefer not to

Sin embargo, la respuesta no se puede encontrar en la misteriosa peste ni en las Cartas Muertas; hay que indagar en la ninfa amante de Hades: Mente. (Y no es la planta de la menta, sino la desintegración de los sentidos, de la persona que somos y no somos).

Entonces, ¿qué significa ser persona? Para Platón somos culpables por ser cuerpo, pasiones. Desde el nacimiento somos corruptos. (El bien es la virtud, la renuncia de los apetitos. Pero, ¿quién no tiene hambre? Confiesen, confiesen). Alfonso López Corral no asume el papel de escritor “purificador”, el sabio y, obviamente, ejemplo de la virtuosidad. Me atrevo a afirmar que es cartesiano: “las pasiones son buenas porque son naturales”. Olvidemos el maniqueísmo. Dejémoslo así: las pasiones son naturales.

Basta de filosofía de bachiller, Alfonso López Corral no es filósofo, es psicólogo. Al leerlo, me escucha. Ahora estoy hablando de mi desgaste emocional. Él insiste. Debo entender que el dúo pasivo desamparo/desesperanza habita a todos los seres humanos. Me dice que el cuerpo y su actuar es – infinidad de veces – el no hacer. Pasión es padecer, no esperar nada. El cuerpo es un instrumento. La persona ejerce la crueldad. Puedo ser cruel, puedes ser cruel. Sólo le respondo que Tori Amos lo dice (y lo canta) mejor que yo: I can be cruel / I don’t know why / why can’t my balloon stay up in a perfectly windy sky.

  1. El ejercicio de la crueldad

Cuatro relatos: “Pero el amor, esa palabra”, “Persona ellos, persona yo”, “Primer acto”, “Y la noche estaba afuera”. Sin artificios. Sólo personae. Los protagonistas y sus situaciones cotidianas. Todo me es familiar. Reinicia la sesión. La pasividad, la inacción. Un círculo vicioso que encierra la escritura de Alfonso López Corral. La actividad más insignificante es un suplicio: la contrasalvación.

Encuentro cuatro relaciones.

“Pero el amor, esa palabra” y “Primer acto”, son paradigmas de las relaciones amorosas que no se traducen en paz. Relaciones codependientes. La inestabilidad, la rutina (o el desempleo), la enfermedad por el Otro. No podemos estar solos, el amor es un vicio. (Retomando el platonismo, cabe la pregunta de si el cuerpo es la expresión común del amor).

La carta (¿o la confesión) en “Pero el amor, esa palabra”: Me gustaría saber qué estás haciendo en estos momentos. Tal vez ya estará otra persona contigo o tal vez sigues sola porque no quieres toparte a alguien como yo. Aún sigo preguntándome por qué un gato hidráulico ilustra perfectamente lo que es el amor, sonrío cuando intuyo que si me dieras la respuesta no tendría mayor sentido, así eres tú.

En “Primer acto”, si el disco de la Piaf no aparece, los reproches de Laura pueden cambiar el día del dramaturgo frustrado. Hacerlo menos aburrido, intensificar la plática (o transformar el monólogo de cada uno (hablan de cosas diferentes, no se entienden) un diálogo): “Casi diría que es un monólogo, un hombre que se encuentra a un perro mientras espera que su mujer regrese del trabajo. De hecho la mujer interviene hasta el final, y brevemente. La canción de Edith marca los gemidos lastimeros del perro”. (Acostumbro a iniciar el pleito Alfonso, ¿soy masoquista o sádica o ambas?).

Pero nada pasa. El cansancio y el hartazgo convierten a la pareja en un juego de manos: el sexo o los golpes. (O nada, insisto). La vida no es rosa.

La relación autodestructiva con(tra) uno mismo. En “Y la noche estaba afuera”, escucho (ejercicio doble) a un hombre que hace lo que todos los hombres: caer y caer. Nada evita la caída. (La concepción de la prospectiva a partir de la preactividad y la proactividad para cambiar el futuro es irrelevante. Somos la avestruz que espera sin esperar).

Este hombre está encerrado en una habitación de motel. Es rutina, dos viernes al mes necesita estar sólo y llorar. Hasta que esa hábito ya no es lineal, por un hecho (el único irrefutable de la vida): alguien muere. ¿Hecho que pudo evitar? Antes de responder a esa pregunta, hay que conocer el esquema de los relatos: En cambio, los perros que habían sido sometidos previamente a choques inevitables reaccionaban al principio como lo otros, pero pronto dejaban de aullar, correr y saltar, se echaban en el piso y recibían pasivamente cuanto choque se les administraba, sin que esto cambiara en ensayos sucesivos. Por consiguiente, Seligman y colaboradores establecieron la hipótesis de la indefensión aprendida.

Una relación indisoluble. Seligman concibió el modelo de depresión del desamparo aprendido, donde la depresión sería (o es) el resultado de la expectativa individual ante eventos negativos que ocurren y la persona carece de control sobre éstos. Dos conceptos que presenta son el desamparo aprendido y el estilo explicativo.

Alfonso López Corral maneja asombrosamente el primer concepto: los protagonistas no asumen responsabilidad alguna, no responden y creen que cualquier cosa que hagan no tiene importancia porque es inútil. Nada cambiará nada. Los lectores de López Corral responden: el estilo explicativo es la forma en que nos explicamos a nosotros mismos el porqué de estas cosas. Elegimos la explicación de que todo nos pasa a nosotros. La negatividad se disemina a lo largo de nuestra vida por una sola experiencia. Nos predisponemos al dolor. Aprendemos el desamparo, la desesperanza. Somos nulos. Amamos el dolor, el no hacer. Somos No. López Corral también cree que lo único que hacemos es enseñar ese desamparo, es desesperanza. Somos crueles. Somos perros que soportan las descargas, los no-hacedores. Aprendemos a sufrir y nos gusta hacer llorar a los demás. Nos hemos dado por vencidos.

Entonces, ¿el conflicto puede transferirse en una relación con los demás si sólo hay una relación de pasividad/pasividad? Relaciones autodestructivas. La espiral disfrazada en forma de amistad. En “Persona ellos, persona yo” me pregunto si se puede volver a alguien loco: Yo sabía que Noé estaba algo loco, o muy loco, no me interesaba el grado si ya sabía la categoría. No me molestaba. Lo desesperante era su carácter de espoleta en una mano y granada cayendo de la otra. Me reunía con él una vez por semana y siempre tenía un tema nuevo para sorprenderme. Un día antes de nuestra obligatoria reunión me entusiasmaba porque salía de la rutina con la cita, pero en las dos anteriores charlas ya se empecinaba en algo que para mí implicaba tener que mover más de la cuenta los brazos y la boca.

Al finalizar la hora, el eco de un diálogo de Noé y Julio ha invadido la habitación. (Alfonso, ¿podríamos ser tú y yo?).

—Yo los personalizo y después ellos me pagan el favor personalizándome. No me puedo equivocar, la única opción para ser persona es ejercer la crueldad. Yo dañó a quien sea, al primero que me tope. No hay distinción. Todos deben ser personas. Después, esa persona u otros, serán crueles conmigo y me personalizarán. Crueldad por crueldad para poder ser hombres.

—Debo aceptarlo, hasta ahora es lo más convincente que has dicho. Me gusta, me gusta mucho tu idea. Lo que te puedo asegurar, al menos por hoy, es que de seguro no me será fácil quitármela de la cabeza. Tiene su atractivo, y no te lo digo por el fin que tú persigues, sino simplemente por ser un buen pretexto para el ejercicio de la crueldad.

Alfonso es cruel. Me enseñó a no defenderme, no pienso escapar.

Bioblio por él mismo

Mi nombre completo es Alfonso López Corral. Nací en la ciudad de Navojoa, Sonora, en 1979. Psicólogo y bibliotecario. En 2001 publiqué La balada de los comunes (Poesia. Ediciones la Cábula), y en 2005 el Instituto Municipal de Cultura y Arte de Hermosillo, IMCA, me publicó Aire de Caín (Libro ganador del IV Concurso Nacional de Poesía Alonso Vidal). He colaborado en las revistas Amarras, Portal Motivo Escribo, Altanoche, Andante 26, La Línea del Cosmonauta y Espiral. En 2006 me invitaron a participar en el II Encuentro de Escritores Jóvenes del Norte, realizado en Monterrey. También participo en los Encuentros Hispanoamericanos Horas de Junio, que en el mes de Junio, año con año, se realiza en la ciudad de Hermosillo.

Blog

http://elruidodefondo.blogspot.com

Uno de sus cuentos, “Primer acto”

“El culpable” en HOMINES1.png

Andante26

http://www.andante26.com

Alfonso como lector

  1. ¿Por qué cuento?

El hombre siempre ha contado historias. Presumiblemente, creo, para salvarse del vacío, de la vida, para poder transformar su realidad inmediata. Y el cuento, pienso, es la forma ideal para poder lograrlo, para poder escapar. Quizá porque aún podemos mantener la atención los minutos que nos demande el cuento. Recordemos que ahora la prisa tiene carné dorado para todo, y ya no nos detenemos a prestar atención. Aunque parezca simple, es más fácil ya caer por el señuelo de la extensión (hay que ser prácticos dirían por allí). Ya sea por la aparente sencillez con la que nos atrae, por la facilidad con la que podemos abarcar la historia y a los pocos personajes que por lo común contienen; o románticamente, por una predisposición innata, heredada cuando nuestros ancestros se reunían alrededor de las fogatas a salvarse de la noche. ¿Por qué cuento? Los motivos pueden multiplicarse de forma práctica y romántica. Un amante encuentra mil razones para sustentar el objeto de su amor.

2. ¿Qué no es cuento?

La respuesta pudiera ser ambigua. Si es difícil encontrar eco para lo que es un cuento. Imaginemos para lo que no es un cuento. ¿Extensión? ¿Personajes? ¿Final inesperado? ¿Más de un nudo en la historia? Etc. Quizá sea un acto inútil (más en estos tiempos donde todo parece valerse) querer delimitar los géneros, encasillarlos, precisamente cuando la literatura, como todo arte, es un acto de libertad. Ponernos a escribir pensando: en cuanto llegue a la página 20 pongo el final porque si no me saldrá novela, es ponernos barreras nosotros mismos. Quizá un no cuento sea aquella historia abandonada por su autor a medio hacer.

  1. ¿Un cuento para llorar?

Hay dos cuentos que recuerdo con especial cariño, quizá por el momento en el que me llegaron; ya sabemos, una historia, cuando nos llega, nos abarca todo, completamente, y comienza por ajustarse a nuestro estado de ánimo: El demonio de la paridad, de Juan Benet y A veces te quiero mucho siempre, de Alfredo Bryce Echenique. Aunque al pensar en cuentos para llorar me abordan otros más, muchos, por ejemplo La casa de Asterión, de Borges, el final de Bola de Sebo, de Maupassant, el final de Y por último el cuervo, de Calvino. Pero es probable que estos cuentos también, a alguien más, muevan a la risa, o al coraje.

4. ¿Un cuento malísimo?

Malísimo ¿Por su maldad latente? ¿Por fallido? Uno olvida pronto aquellos cuentos que no supieron decirnos nada, al menos en mi caso. Y del primero, pienso con especial devoción en uno de Ambrose Bierce: Mi crimen favorito.


5. Si pudieras ser cuento, ¿qué cuento serías?

Sería, casi seguro, cualquier cuento con final ambiguo o abierto. Lo más cercano a una duda, o a una desazón.


6. Si pudieras ser cuento, ¿qué cuento no serías?

Cualquiera que tenga un final feliz.


7. Si tu vida fuera un cuento tuyo, ¿serías lo suficientemente valiente
de escribir tu final?

Si tuviera la gracia de los grandes cuentistas, me arriesgaría; pero como están las cosas, creo que no apostaría por uno de mis finales. Mejor paso.

8. ¿Cuál fue el primer cuento que leíste?

El primer cuento que leí (lo curioso es que mis inicios como lector se dieron con novela), pero el primero fue: Un señor muy viejo con unas alas enormes, de Gabriel García Márquez. Recuerdo que pensé: ¿todo esto se puede escribir? ¿Se vale? Y me casé con García Márquez muchísimo tiempo.

9. ¿Qué cuento leerías como el último cuento de tu vida?

El milagro secreto, de Borges, chanza me hacen el milagro y me dejan vivir más tiempo. Pido a San Borges que así sea.

Espejo

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