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Blablablamor

December 9th, 2009 -- Posted in | 1 Comment »

BLABLABLAMOR

 

 

 

Una lengua por y para el amor se define por el gigantismo (al menos la mía ya se está sintiendo aludida en este enunciado). El amor (con minúscula) es la Torre de Babel. Al principio no era el Verbo, sino todo el Amor (con mayúscula) que se caracterizaba por tener (y ser) la misma lengua y las mismas palabras para todos. Desde entonces y hasta ahora, cada lengua (en particular) es el redivivo de esta construcción definida por el misticismo, la lengua echa y echa toneladas de miel sobre las hojuelas –esto es comúnmente llamado cursilería- y, ¡oh!, nuestro amor (con minúscula y el mismo que canta RBD o recita Benedetti) aparece como un gadget de lo más in: un iPod de 120 gigas, generación equis o ye, en el cuál cada palabra es una canción que no solamente es novísima y está dentro de los 40 principales, sino que aparece como por arte de birlibirloque (aplausos, por favor) en nuestra playlist cotidiana y hasta en reproducción aleatoria pero todo esto es, en realidad, un vetusto paradigma definido por lo sagrado (lágrimas, gracias).

Entonces, no es como dice el proverbio chino que el lugar más sombrío está debajo de la lámpara sino que está debajo de la lengua y, así, con poca iluminación y sin más briznas de saliva que malgastar, me parto los ojos leyendo (a la par) Historias de amor de Julia Kristeva y Fragmentos de un discurso amoroso de Roland Barthes. Mi lengua se suelta: No sé lo que desea pero hay una estructura más allá de la carne y del hueso. Mi lengua, como fetiche, es carcelaria de las manos aprisionadas de mi amante y yo. Kristeva escribió el elogio al amor como un Erasmo de Rotterdam de nuestros tiempos, así que yo también lo renombraré Encomio a la locura Versión 2.0.

Y partiendo de “Imposible, inadecuado, en seguida alusivo cuando querríamos que fuese muy directo, el lenguaje amoroso es un vuelo de metáforas: es literatura”. Esto, damas y caballeros, no es culpa del amor sino de la Lengua (con mayúscula). La metáfora ha sido la figura retórica más manoseada (o, en este caso, lengüeteada). Lengua que lame las heridas, lengua que babea, lengua devoradora como una “verdadera” (en esa entonces, en ese momento) elección de oralidad que nos identifica.

Entonces, la lengua como anuladora porque “nadie tiene verdaderamente la lengua para mí aunque me nombre”. La lengua subjetiviza/objetiviza, jamás es neutral y ha tenido lugar, ha tenido un antes y un después siempre en el ahora mismo que te pienso, te siento, te amo: somos historias mínimas, intranscendentes, que nos contamos a nosotros mismos.

La lengua me pregunta: ¿Te me soy pesada? Le respondo que no sé, aunque a Él/Ella sé que decirle: He aquí lo que hablo, he aquí lo que tú eres a mi lengua. Mi lengua oculta a un sujeto preconcebido, me ata a un objeto –como visión de los lindes- justo donde esas briznas de saliva (alguna vez existentes) pudieron haberse derramado pero se ausentaron por la sencilla razón de que ya no hay sed.

Todas las historias de amor se tratan de igualar ese momento histórico como un vaivén periférico de la lengua, en un intercambio ¿regulado, irregular? de palabras. Así, se hace un lenguaje de propiedad común que tiene un sendero bifurcado en el diálogo de los sujetos amorosos (Historias de amor casi nunca) y el monólogo del sujeto amoroso con el objeto amado (Fragmentos de un discurso amoroso casi siempre). En la escenificación, la lengua nunca se sacrifica como un corazón porque, según Kristeva, “[l]a prueba amorosa es una puesta a prueba del lenguaje, de su carácter unívoco, de su poder referencial y comunicativo”.

Entonces, la trasferencia es infinita: Hainamoration. Un ejemplo claro es el abuso mi lengua para con mi objeto amoroso, lo ensimismo, lo elevo al cielo y lo destruyo en el mismo infierno de Dostoyevski, un amor jamás activo sino siempre pasivo, teórico, de mamotreto, de blablabla, oralizado y oralizador, un blablablamor. Y si el amor es esa muerte que nos hace ser, entonces tú me dices y yo soy, aunque es más común que tú me verbalizas y yo hago. “Te amo”, dices y yo hago que te amo en una dinámica interdependiente que surge con el narcisismo y la necesidad de nombrar, nombrar siempre.

Pero… La lengua sube de tono, “asciende hacia el otro”. No podemos volver los ojos como Dante, siempre volvemos la lengua porque todo “TE AMO” es un (sic). La lengua fue más mía, ¿sabes? Te imanto en su verborrea, te agoto en su tautología, te provocó adicción a la miel sobre las hojuelas “como abeja al panal”. Amar y/o decir (o, en su defecto, no amar y/o desdecir) las referencias, las etimologías, los neologismos… Palabras, blablablas incalculables y, al parecer, recién descubiertos por nosotros, los amantes, terminan cuando me digo que ya no hay lengua para que tú seas quién. Y, así, aquí, afónica, a punto del mutismo, te digo que yo habría dicho las mismas palabras a otros, a ti, por y para siempre, tú, tú, mi amor.