Transcripciones de “Babia”

Aurelio Álvarez González (finado) fue falangista, ferviente seguidor del mito del pan de ánimas. Mi padre (Manuel Adolfo Álvarez Rodríguez en marzo del 2007 sin la vega de Rodiezmo) sólo recuerda tres franjas verticales como los únicos rasgos del rostro de mi abuelo. Él todavía no escucha al Camisa vieja cantando “Cara al sol” mientras fusila a un par de niñitos -ese aliento a morcilla cruda- en las montañas de Peña Laza. Desconoce los yugos y las flechas impidiendo el paso hacia Babia.

“Moriremos en el Rey, en su atisbo de pinar que cifra mis desvelos…”


Mi padre o ese niño en la siega de los praos. El balagar se pierde en Rodiezmo de la Tercia. La escritura paternal no borra signos: la Cruz de la Salve es una farsa. Mi padre o ese niño hace pactos con el menoscabo de párpados. Tafarrones y pelegrines sin la irradiación en los confines de Babia. Falsear la aurora y restituir el pinar (esa malicia del iris sin Iris) en los altozanos. Mi padre me descifra en el pinar y encierra mis rastros en las orillas, en el tallo leñoso. El romano sin huellas de letargo. Avivé en una malversación de él siendo un sendero, lo imperceptible de una astilla. Aún así, nadie crece en el pinar porque ambos sabemos que el acebo es el vaivén, un apotegma de movimiento en el reposo.

“Anudamos los ojos en el acebo”…

Reencontrar un eco, la esquirla del acebo: “Soy hacia ti porque busco la inercia, la movilidad de apenas en tu soplo”.

“Babia retaza/

La escritura paternal amplía los límites de Babia, delira la inspiración y la condensa en un aliento a morcilla cruda que despoja al tiempo de las estaciones, haciendo crujir las hojas que aún no descienden del acebo (en su madera ignorante desenterramos la atadura del muslo, su testimonio de fístula).

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“… y hace finito al riachuelo en cada súplica…”

En Babia, hay un lugar para mi pie. “No me pares ahí”, le dije a mi padre y me nombró como un sedimento. El acebo pesa, la corriente del riachuelo se detiene en su palpitación ondulante. Un presagio de apostasía.

“…enigmas de argento vivo que restriegan donde somos en su dorso”…

La escritura paternal escribe dónde somos en su dorso: Escribe “bramido”, “polvareda”, “muerto a cuestas”. Retoma la circunstancia: Somos bramido en la polvareda, un muerto a cuestas en el dorso del Rey de Babia.

“El silencio tiene su propio pábulo y este “somos” nos desdice…”

Penitencia. Colecciono en la saliva a cada agazapado por la lobreguez. Mi muslo no conoce cuclillas, dialoga con el desplazamiento de la luz. El sol no se pone en Babia. Es un lecho sin reposo, un blanqueado lugar.

“Esta lengua es un asir de sombras sin sombras…”

Admiración a la escritura paternal sobre la aspereza que deja sin resuello a las hojas del acebo antes del derrumbe, cerrando la densidad de noche hacia el verdor. La vida se me fue en el plectro de escribir: “Arborescencia es una invención de fracasos y destierro paternal porque en absoluto llegará la escarcha a sus ramas mientras persista lo esencial”.

*Admiración a la escritura paternal sobre la aspereza que deja sin resuello a las hojas del acebo antes del derrumbe, cerrando la densidad de noche hacia el verdor. La vida se me fue en el plectro de escribir:


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December 16 2007 02:43 pm |

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