Álbum

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Mi abuela (Maria de Lourdes “Mayito” Díaz Fragoso) ha sido la mujer más hermosa que he conocido. Su belleza de dama convencional resguardaba un cerebro que, para mí, era como una lámpara. La única luz (artificial, lo acepto) en mi infancia.

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Mi abuela solía sentarme en su regazo para contarme acerca de los viajes que hacía con mi abuelo (Guillermo “Memo” Villeda Hdez.). Recuerdo que me señalaba con su garboso índice los lugares que apenas reconocía en un viejo globo terráqueo perteneciente a mi madre y sus hermanos. A falta de imaginación (a pesar de mi precocidad) nos paríamos a medias con las fotografías.

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Me cultivé en una geografía de distorsión, sin imágenes fijas. Siempre luz. Yo –apenas- era un modelo a escala tridimensional de lo que soy ahora: un montón de chinos y una pandorga boca, ambas pertenecientes a una estética de ficción. Yo apenas era un “apenas”.

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Ahora soy todas mis cavidades tosiendo por el invierno.

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Aprendí el amor cuando mi abuela murió (intestinos borrascosos). Miré con el rabillo del ojo a mi abuelo demolerse en lágrimas como la vieja casona en la que vivían. Todo se minimizó al cristalizarse las lágrimas en la alfombra. Aún está el clavo del suero en la pared. El cuerpo de mi abuelo fue esa construcción apaleada por un terremoto sempiterno, tapias cuarteadas, fisuras en las mejillas. Sus orejas no pararon de desplomarse y (tal vez) nunca sonrió más. La única luz que perduró en la familia era la de las radiografías, de las tomografías. También él murió de las entrañas.

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Por toda esa cartografía heredada de muerte y mondongo, soy visceral.

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Esta es mi fotografía favorita de ambos: era una época de carestía y mi abuela con su rebozo cierra los ojos mientras mi abuelo posa para la cámara, ahí están, antes de recorrer tierras e intemperies, enamorados, bailando en alguna fiesta septembrina por la Independencia de México.

DSC04288.JPG

January 13 2008 01:59 pm |

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