Joel Flores se presume inocente

 

Como médico forense, diseccioné cuatro cuentos de Joel Flores (1984, Zacatecas, México) y en la plancha yacen: la antítesis del héroe, los estados mentales negativos y la piel amoratada con chamusquinas de cigarro. ¿Cuál es la causa (de muerte) en estos cuentos? La soga al cuello en “Si la lluvia lo permite”, quemaduras de tercer grado en  “El amor nos dio cocodrilos”, una K-45 en “Hiperbólico” y poderes supernaturales en “Niño superhéroe”. Posible hora del deceso: un género dual. Manejo de la literatura fantástica, de la literatura negra. Entre la imaginación y la realidad. La línea gris que pocos se atreven a explorar.
Pero los cuentos de Joel van más allá.
En estas cuatro extremidades, se libera un olor inquietante: el desasosiego. En “Si la lluvia lo permite”, “El amor nos dio cocodrilos”, “Hiperbólico” y “Niño superhéroe”, hay una unidad temática: los conflictos mentales. Joel camina en este tema como en la cuerda floja. Construye ambientes extraños en estos sucesos cotidianos. Ejecuta malabares.
¿Dejará caer a alguien?
(Espero que sí).
Imagino a Joel Flores como el sepulturero de estos cuentos, de estos personajes. Pero no me atrevo a acusarlo. “Estos cuentos siempre cobran una víctima”, murmura.
Como inspectora, pregunto a la víctima qué es la vida. Alguien responde que hay infinidad de destinos en un destino. El vaho que se desvanece en el espejo. El compás de la respiración. Los pensamientos que no decimos en voz alta. Cosas, cosas que siempre pasan, que se piensan, que nos rodean.
Sé, como Joel, que pasan esas cosas.
La prosa de Joel Flores quema lo último del cigarro en mi mano y me hace mostrar solidaridad ante estos personajes: el escritor frustrado (“Hiperbólico”), la mujer esperando un abrazo (“Si la lluvia lo permite”), el niño invisible (“Niño súper héroe”), el esposo vengativo (“El amor nos dio cocodrilos”). Esta irrealidad de Joel es la realidad. Estos cadáveres que he descubierto son los del antihéroe. No tienen rostro (y si lo tuvieran, ¿donde portan la máscara?). Casi no he encontrado esta honestidad en otros retratistas de la realidad. (A veces resulta tedioso leer la realidad, realidad por todas partes: graffiteada en las paredes de mi ciudad, televisada en el noticiero, expresada en un sinfín de literatura en boga inscrita en un  “este lugar común”: no espero que miren hacia fuera, sino hacia adentro. Realidad en exceso ya es amarillista, no es realidad).
Prefiero este lugar: el anfiteatro.
Joel Flores se resiste a enseñarme una pista en sus cuentos: un vaso, que a primera vista, parece serlo, pero tiene huellas distintas. Eso es lo que no vemos. La narrativa de Joel es una literatura agazapada, al acecho, los personajes no tienen el control. Repito, esas cosas suceden. Cosas, como estas atmósferas, que Joel escribe como si fueran lo más normal del mundo. Es que son lo más normal del mundo. Las ojeras, la inestabilidad, la pérdida de un ser querido, las venas abiertas, la desesperación, el último cuento que debe ser escritor a toda costa, a todo cuerpo.
Esas cosas.
Ese olor.
Esas historias.
Joel Flores sabe narrar esas cosas. Siempre controla la situación. La estructura. La pericia. Solidez. La solidez en su voz narrativa.
Hablemos de lo que apuesta en sus tramas. Hay que tener cuidado al manejar el cuchillo de doble filo. Más de una vez me pareció que subestima al lector: esas cosas pueden no ser reveladas. Algunas pistas me parecieron innecesarias. Por momentos, sentí que Joel controlaba la situación, a pesar de que el personaje debe respirar por sí mismo. Pero hay un mérito en sus cuentos: logra una tensión que demuestra que, a pesar de su juventud, no es un narrador improvisado. Joel es hábil. Casi siempre resulta que esos detalles “obvios” son una agradable sorpresa: no es predecible, sabe cuándo atacar.
Joel está en el otro lado del espejo, observa el vaho desvaneciéndose y se pregunta: ¿qué hay detrás de los rostros?
Silencio.
Los cuentos de Joel Flores delatan que fueron escritos en diferentes momentos. Motivado por distintos registros narrativos. Pero esta estas piezas apunta a un estilo ya propio, de un joven narrador que sabe lo que quiere lograr. Estilo al revés del espejo.
Creo saber la respuesta.
Detrás de los rostros está el día y la noche. El día siempre es una fiel reproducción. Pero, ¿la noche? Joel conoce a Nyx rodeada de un velo y de estrellas. Ahí está la luz que le hace ver esas cosas, el vaho. Joel conoce la naturaleza humana: escribe la antítesis del héroe: el simulador.
Joel Flores es un narrador que dará de que leer, hablar – y hasta escribir – en los próximos años.
 

(Caso sin resolver).
Espero pronto un libro tuyo Joel, te espero en el anfiteatro: hay más cadáveres.

 

 

Dos cuentos de Joel Flores en Homines:
“Si la lluvia lo permite”:
http://www.homines.com/palabras/si_lluvia_permite/index.htm
Y “Un lugar mejor que éste” (que no fue abordado visceralmente en este texto, pero los invito a que lo lean):
http://www.homines.com/palabras/lugar_mejor/index.htm

Bioblio:

Joel Flores. 1984. Zacatecas, México. Narrador. Durante el año 2002 al 2004 fue parte del consejo editorial de la revista Finisterre (Beca Edmundo Valadés a Revistas Independientes). Sus cuentos y crónicas han sido publicadas en Acento, de La voz de Michoacán, Barca de Palabras, La cabeza del moro, Espiral, Prisma volante, Homines (Portal de Literatura y Arte en España), La Agenda Cultural y las Artes del Estado de Zacatecas y en Son de marzo (Antología de Escritores Jóvenes editada en Guanajuato). Su trabajo ha merecido los siguientes premios y apoyos: La Beca del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes del Estado de Zacatecas (FECAZ 2004-2005), la del Fondo Nacional Jóvenes Creadores (FONCA 2006-2007) y el tercer lugar en el IX Concurso Nacional y I Iberoamericano ‘Leamos la Ciencia para Todos 2005-2006. Actualmente trabaja en dos libros de cuentos: Simulador (próximo a publicarse) y Relatos reales. Habita en http://bunker84.blogspot.com

Joel como lector:

¿Por qué cuento?
El cuento es un género en potencia y versátil. Durante años ha tomado distintas configuraciones, pero siempre vuelve a sus inicios, a su forma clásica. Algunos han escrito, como Pierre Giraud, que en la literatura todo está dicho. Si nos remontamos a Las Mil y una noches descubrimos que Sherezada explotó todas las técnicas e historias que existe y que se pueden escribir. Es la cuentista por excelencia. Lo único que hacen los narradores en su presente es mostrar esas historias con otras palabras, confeccionarlas con un estilo propio y con distintos rudimentos. Considero, quizá de manera arriesgada, que los géneros literarios no se han desvanecido, sino que se han fusionado. Eso da más oportunidad al creador de experimentar. Por ejemplo: Chéjov propuse ver el cuento como el brillo de la luna reflejado en una cuenca de vidrio. Lo que halla a su alrededor no importa, lo que importa es la captura del instante. En el siglo XIX Poe y Hawthorne emplean lo que muchos llaman artificio: el cuento que captura dos historias dentro de una. Los argentinos, como Fogwill y Piglia, han experimentado con el cuento de múltiples maneras que nos ayudan a ver este género con otros ojos. Por ejemplo: ellos han creado voces narrativas que no sólo construyen dos historias dentro de un cuento, sino que crean más de dos historias y tiene la habilidad de conectarlas entre sí y vislumbrar al lector. Con el cuento se puede experimentar de múltiples maneras, pero lo que siempre importa, y eso lo aclaran clásicos como Calvino, es la concisión y la velocidad con que se maneja. Elegir escribir cuento en lugar de novela como primera obra tiene muchos significados. El fundamental es el reto: poder mostrar en él las distintas voces y los distintos temas que estás proponiendo como narrador. Lograr una unidad estilística es lo más importante.

¿Qué no es cuento?
Un no cuento es lo que su creador quiere que sea un no cuento. Es paradójico. También existe la opinión del lector. Leemos La velocidad de las cosas de Rodrigo Fresán y en su nota preliminar sostiene, según mi mala memoria, que su novela está conformada sólo por capítulos y que cualquier semejanza que una a estos con el cuento es nula. Pero al terminar de leer el libro tienes la sensación de haber leído un compendio de cuentos anillados. Se presume que Álvaro Enrigue mandó Hipotermia a Anagrama con la nota de que estaba enviando una novela, cuando en realidad estamos hablando de un excelente libro de cuentos. No creo en el no cuento. Un creador, antes de escribir algo, escoge el género, los personajes, la temática, la determinación del tiempo, cómo estarán acomodados los acontecimientos y los espacios. No olvidemos la fábula o las fábulas que lo urdirán. Poe dice que un cuento es aquel que pide de quince minutos a una hora de lectura. Pero hay cuentos que exigen más. Tradicionalmente hablando un no cuento es aquel que no rinde con los esquemas conceptuales que determina el canon: arriba de treinta cuartillas es novela corta, al igual que si muestra más de tres personajes centrales y un conflicto.

¿Cuál fue el primer cuento que leíste?
El primer cuento que leí fue “El corazón delator”, de Poe. Y no salí una semana de mi casa por leer y releer el libro completo.

¿Un cuento para llorar?
En realidad un cuento nunca me ha hecho llorar, sólo las novelas. Actualmente leo mucho a la nueva generación de cuentistas norteamericanos. “Habría que darle un nombre”, de Matthew Klam, fue un cuento que alborotó mis fibras sensibles y me hizo reflexionar sobre temas cercanos: el aborto, las relaciones de pareja, los conflictos familiares. Creo que lo maravilloso de la literatura, desviándonos un poco del cuento, es el principio estético que la soporta: conectar con su realidad inmediata al lector y lograr trastocarle su visión del mundo. Hermeneutas como Gadamer proponen que la interpretación de un texto literario nace con el chispazo de hacerle ver al lector su fragilidad como humano, la tradición que lo antecede y el prejuicio y gusto que lo sigue a diario, antes de invitarlo a destazar los textos y al análisis cerebral. Los escritores norteamericanos tienen representantes muy sólidos e intencionados en cuanto a trastocar la visión del mundo del lector. Leemos a Capote y su “supuesta” frivolidad se convierte en angustia o en choques de clases sociales. Lemos a Carver, la manera en cómo nos muestra los conflictos domésticos, y terminamos con los vellos erizados.

¿Un cuento malísimo?
No sé si sea por suerte, pero nunca he leído un cuento malo, tampoco me he decepcionado de mis autores favoritos y eso hace que establezca una gran deuda con ellos. He tenido la oportunidad de leer a varios manuscritos y galeras de narradores de mi generación (en el concepto biológico) y he tenido la suerte de leer cosas que me vislumbran, me asombran y otras que me hacen evadir temas como el erotismo, la masturbación y el sexo. Creo que el querer abrumar al lector es un mal lector con estos temas es un mal que acongoja a muchos escritores en ciernes. Algunos salen bien librados y nos recuerdan a escritores como Bataille y Sade. Otros nos hacen deducir que cada día la sociedad orilla a la juventud a reprimir sus deseos, sus obsesiones y los lleva a convertir a la escritura en una actividad catártica.

Si pudieras ser cuento, ¿qué cuento serías?
Uno se convierte en los cuentos que escribe y los cuentos que otros escriben se convierten en uno. Pero más que otra cosa, uno se convierte en los personajes que lee o escribe. Cuando pienso en un personaje que habitara un cuento mío antes de escribirlo, me gusta conocerlo bien, mirarlo a los ojos, preguntarle sus obsesiones, medir a hasta dónde puede llegar si se le otorga vida. Los personajes siempre terminan por convertirse en mi sombra, a pesar de que haya terminado de escribir sobre ellos o desechado la idea. Me encanta la literatura para niños. Los cuentos fantásticos y los maravillosos. No descarto nunca en que podré convertirme en el intrépido Juanito robando las habichuelas.

Si pudieras ser cuento, ¿qué cuento no serías?
Me gustan las historias de Edgar Allan Poe y las de Amparo Dávila, pero nunca me gustaría estar en los zapatos de Roderick, de “La caída de la casa Usher”, ni ser la niña que se despeña en “Tiempo destrozado”.

Si tu vida fuera un cuento tuyo, ¿serías lo suficientemente valiente de para escribir tu final?
Si hablamos en cuanto las temáticas que manejo, no. Pero si no me puedo salvar de un final trágico por culpa de las temáticas que propone mi escritura, escribiría un final donde me dejaran desear un final feliz.

¿Qué cuento te gustaría leer antes de morir?
Aún no puedo decidir eso. Espero no morir mañana, ni pasado mañana, ni dentro de un año. Y seguir con la idea de que tengo una inmensidad de libros que leer en el futuro. Lo que escogería en estos momentos es Bartlebly el escribiente, de Melville. A pesar de que es una novela, me gustaría no estar prejuiciado por los géneros y disfrutarla como si fuera un cuento.

Espejo:

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July 12 2007 07:22 pm |

2 Responses to “Joel Flores se presume inocente”

  1. Xitlally Says:

    ¿Notan cómo sus respuestas fueron más extensas que las mías? ¡Narrador! Jaja, no se crean, yo también escribo, o hago que escribo, algo de narrativa. Es grato comprobar una idea que he traído en mi la cabeza hace ya algo de tiempo. Estamos en una generación que promete dar de qué hablar en el arte. Saludos a todos. Sigan creando!

  2. Bitchie4ever Says:

    MI querida ka* cada día te vuelves más hábil en este asunto de las letras que adore tus escritos es realmente serio. buenas letras.

    oye querías que te recomendara a alguien ve a visitar a Daniel el es de aquí pero vive en París sus letras me agradan mucho tiene un blog aparte con un poquito de ensayo me gusta como escribe http://www.danielderbx.blogspot.com/
    que me parecia genial por ahi en su perfil esta.

    bueno saludos.

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