ÉL/ELLA observa la cuchara de cobre, con la mirada recorre la formación orográfica de varias capas de cardenillo verdoso. “El cobre es un metal noble”, piensa. Desgraciadamente, hay que tener incisivos puntiagudos para la nobleza: ¿cómo distar la eterna cantilena popular, grave y sin armonía, del ruego torpe y ferviente que se tropieza en la boca?
ÉL/ELLA justo se lleva las manos a los ojos, a la boca, se lleva las manos a las manos y dice, en un susurro, “tu recuerdo se desliza como una serpiente coralillo en el desierto”, y dice, en voz alta, “ya no tengo sed”. Los párpados son el biombo que esconde la noche, la sucesión de detalles encadenados que dan una sensación de seguridad: alguien, aquí, resguarda nuestros sueños de los lobos ibéricos y de la luna llena.
ÉL/ELLA se cansa del mismo rostro, ¿qué tienen entre los labios?
EL/ELLA se cansa del mismo beso, de la astringencia sobre la lengua, de la disposición de los labios, del perfil, de la sonrisa única (esbozo de claridad).
El beso, la velada, el beso, el listón, el beso, la mano que desenfunda señales obscenas con la intención no de ofender, sino de asegurar su posición.
Él/Ella observa la sucesión de los días como una catástrofe inminente. Nada se resuelve cuando los alientos se encuentran. Es otoño. Las hojas cumplen su ciclo de vida: se marchitan y crujen, como los huesos.
ÉL/ELLA desconfía de la retórica del pecho porque hasta las flechas de un arquero inexperto, descarriadas, aciertan en el blanco.
Desde la oposición de la espalda, ÉL/ELLA intenta defenderse, argumentando la necesidad ética de una declaración de guerra, los cargos de conciencia y la flexibilidad de tres costillas falsas.
ÉL/ELLA sabe que, en definitiva, la caja torácica es un argumento de peso que no puede ser refutado. Aquí está mi corazón clamando por alpiste y restaurando su canto, encerrado en una jaula ósea que, de lejos, parece hecha de un marfil que se hace más amarillento con el paso de los años.